NADA  CAMBIA

 

Siempre que veo pasar una barcaza
pienso que es el yate de los sin techo.
Lo mismo deben sentir las agujas de las iglesias de Rouen
al empinarse, para observar
la que ahora remonta el Sena.
El cielo no se molesta en retirar las nubes.
Es un barco menor.
Tan solo un árbol de la parte pelada,
de la otra orilla,
alza una rama displicente,
no se sabe si para saludar
o para taparse los ojos.
Lo más llamativo
es que no hay personas,
ni siquiera gente.
Los pasajeros sin cara,
hacen pedales con los pies
a través de los agujeros de la quilla.
Es la forma
en que el siglo que ahora empieza
rinde homenaje a las galeras.
Y, a lo lejos,
suena un tambor.

 

                                                                    La Antilla, 21 de Julio de 2.006