MERCADO DE SAN MIGUEL
Mercado de San Miguel,
¡Qué sólo te estás quedando!
Los manolos y chulapas
na más compran en los cuadros.
A tu espalda ya no vive
aquel cine campechano.
Atracones de cotufas,
cordones en los zapatos,
un alfiler para el vivo,
y un pañuelito bordado
que a la linda modistilla
se le escapó de la mano.
Siete puestos, quizás ocho,
sobreviven dormitando.
Señora, carne picada.
Póngame mitad de cuarto
y espero oírla mugir,
que ya no veo el caballo
de ese gitano liante
junto a la puerta aparcado.
Pichi, una de castigo,
hecho un pincel, chuleando.
Que aunque ya no soy chicuela,
tengo bravío el refajo
y las piernas de verbena
para marearte un rato
en lo alto del ladrillo.
Vértigo, me da pensarlo.
A lavar pies, a la fuente.
Para masticar, tabaco.
Paloma, será tu madre.
Y de hacerme, ni un retrato.
Suelta pronto un par de duros
que en seguida nos najamos
a libar agua de anís
en el mesón de Venancio.
Mercado de San Miguel.
¡Qué sólo te estás quedando!
Na más queda un inversor
que nunca saldrá en el cuadro.