LA  MALDICION  DE  VERDI

 

Fuiste una ópera desde que te conocí.

Partías de un libreto bien quemado.

Te levante el telón.

Al ver dos lunas simétricas, redondas,

no pude reprimir un sobresalto.

Decidir. El mundo es decidir.

Matar un sueño para que nazca algo.

Representar de nuevo la función.

La escena ya está puesta, mi señora,

¿Llamo a la orquesta o al coro de sopranos?

Ya mi música no suena para ti.

Otro tenor me la robó un ensayo.

Sin la iluminación,

te da tiempo a apreciar bombillas rotas

dirigiendo sus dientes hacia el patio.

Si yo supiera la forma de partir

poniéndole al dolor un entreacto

Mi aria no sería una canción;

sería una visión renovadora;

sería un canto.

La maldición de Verdi vive en mí.

Otra mujer, mirando.

Misterio, Encuentro, Rendición.

En el libreto de su falda tramposa

una esquina hace daño.

Aquella, doblada sin fingir,

que a telón se ha mudado.

Una vez más comienza la función.

Y como Verdi, en cualquiera de sus obras,

nunca doy acabado.

 

                                                          Luis Ricardo Suárez

                                                          Madrid, 10 de febrero de 2006