LA MALDICION DE VERDI
Fuiste una ópera desde que te conocí.
Partías de un libreto bien quemado.
Te levante el telón.
Al ver dos lunas simétricas, redondas,
no pude reprimir un sobresalto.
Decidir. El mundo es decidir.
Matar un sueño para que nazca algo.
Representar de nuevo la función.
La escena ya está puesta, mi señora,
¿Llamo a la orquesta o al coro de sopranos?
Ya mi música no suena para ti.
Otro tenor me la robó un ensayo.
Sin la iluminación,
te da tiempo a apreciar bombillas rotas
dirigiendo sus dientes hacia el patio.
Si yo supiera la forma de partir
poniéndole al dolor un entreacto
Mi aria no sería una canción;
sería una visión renovadora;
sería un canto.
La maldición de Verdi vive en mí.
Otra mujer, mirando.
Misterio, Encuentro, Rendición.
En el libreto de su falda tramposa
una esquina hace daño.
Aquella, doblada sin fingir,
que a telón se ha mudado.
Una vez más comienza la función.
Y como Verdi, en cualquiera de sus obras,
nunca doy acabado.