LA ABLACION
Mujer encapsulada,
Con los ojos fijos en la incredulidad.
Feminidad herida y despreciada
por quienes no son dignos.
En el suelo de ajedrez,
juegas una partida sin poder moverte
por temor a dejar un pequeño rastro de sangre,
junto a una enorme huella de frustración.
Y pensar que el verdugo ha sido otra mujer.
Y pensar que el verdugo es otra mujer.
Ellos no se dignan ensuciar sus manos
con olor a palacio.
En el fondo, no lo hacen
porque no sabrían encontrarlo.
El placer también les pertenece.
Tú sólo eres un hueco.
Ante esta aberración,
te has construido un halo salvavidas.
La personal muralla
de una mujer inexpresiva.
Preserva bien tus manos.
Deja sin voz el sopor del minarete.
Despídete del casco limitante
y echa tu pelo al viento.
Sobrevuela las jaimas más distantes
hasta la casa abandonada del alfarero.
Allí no apremiará un vigía.
Toma en tus manos un miembro de Ave Fénix.
Redúcelo a polvillo,
y construye de nuevo en lo esencial
lo que te han arrancado.
Después, inicia su enseñanza
a ritmo de caricias.
Cuando saques al arpa de tus piernas
un gemido inconfeso,
un canto de mujer,
podrás saltar del cuadro
y guerrear.