LA ABLACION

 

Mujer encapsulada,

Con los ojos fijos en la incredulidad.

Feminidad herida y despreciada

por quienes no son dignos.

En el suelo de ajedrez,

juegas una partida sin poder moverte

por temor a dejar un pequeño rastro de sangre,

junto a una enorme huella de frustración.

Y pensar que el verdugo ha sido otra mujer.

Y pensar que el verdugo es otra mujer.

Ellos no se dignan ensuciar sus manos

con olor a palacio.

En el fondo, no lo hacen

porque no sabrían encontrarlo.

El placer también les pertenece.

Tú sólo eres un hueco.

Ante esta aberración,

te has construido un halo salvavidas.

La personal muralla

de una mujer inexpresiva.

Preserva bien tus manos.

Deja sin voz el sopor del minarete.

Despídete del casco limitante

y echa tu pelo al viento.

Sobrevuela las jaimas más distantes

hasta la casa abandonada del alfarero.

Allí no apremiará un vigía.

Toma en tus manos un miembro de Ave Fénix.

Redúcelo a polvillo,

y construye de nuevo en lo esencial

lo que te han arrancado.

Después, inicia su enseñanza

a ritmo de caricias.

Cuando saques al arpa de tus piernas

un gemido inconfeso,

un canto de mujer,

podrás saltar del cuadro

y guerrear.

 

                                                          Luis Ricardo Suárez

                                                          Madrid, 8 de febrero de 2006