LA  MONTAÑA

 

No vine a cambiar la vida.

Es un cromo gastado con facciones familiares.

Sólo traté de prolongarla un poco

al pie de la montaña-

Sacarle una sonrisa de sorpresa

acunando a un cadáver: el tiempo transcurrido.

El descubrir de una ilusión a otra,

por un puente colgante de imprevistos,

por la escala ascendiente descendiendo.

Sentía piedras nobles a mi espalda

y me apoyaba inerte,

en tanto que el susurro de lo alto

me ajustaba el cinturón una trabilla más.

A lo lejos, un reflejo de hielo a punto de irse

puso un lucero al suelo.

Las pisadas de vaca momificadas

creaban un bulevar de estrellas muy particular.

El humano, aquí, no es más que un decorado.

Figuritas de carne en el país del hueso,

pues estas rocas son restos despojados.

Esperanzas tardías

que se sentaron y perdieron la senda

al no ver deslizarse a la montaña

en busca de otro valle.

Amores no reconocidos

del corazón en marcha.

Las metas esperando inútiles

a la carrera suspendida.

Una cruz de caminos,

cementerio de rumbos

que jamás se emprendieron.

No vine a cambiar la vida;

fue la montaña quien me la pidió.

 

                                                          Luis Ricardo Suárez

                                                          Pradosegar, 5 de enero de 2006