AL  CÉSAR  LO  QUE  ES  DEL  CÉSAR

 

El hombre santo descubrió los ojos de ella
y toda su santidad se puso a temblar.
Volvió la cara hacia las estrellas rezagadas.
Un gato negro volador las perseguía.
Despertar de espejismos.
Ha transcurrido el tiempo
Ahora es sólo un hombre, sin casullas
No hay lámparas de aceite en sus vigilias
sólo la luz de un proyector
reflectada en las vidas de otros.
Presiente a una mujer
y duda entre rezarla o besarla
Ofrece sus manos para que se las
cojan fuerte. Ya no sabe moverlas
en el aire.
Mas sin embargo, Dios, toma un café con él
por las mañanas.
Comentan las jugadas de la vida apasionadamente
Casi siempre, hechas por perdedores
Perdió el Padre y fue padre con minúsculas grandes.
Tiene un pilar en la sombra
que sostiene su cama
De modo que, cuando se levanta, su vida
permanece caliente y estable en el
confesionario de los sentimientos
Porque todo hombre santo que no sienta
merece condenarse a los altares
convertido en figura de piedra
con una flor llorándole la culpa.
A este hombre nunca le veremos
en lo alto, pero será fácil encontrarle
de rodillas dando gracias al suelo
por haberle sujetado.


                                                          Para Cesáreo con afecto
                                                          y un enorme respeto.

                                                          Madrid, 1 de noviembre de 2005