LA  MUJER  HERMÉTICA

 

Quiero decirte cosas,
pero solo se me aparecen palabras.
No te conozco,
Llegabas como un avión espía,
con el silencio de esos dos motores enormes
que ocupan las cuencas de tus ojos.
Jamás depositaste una mirada en mi buzón
en la que poder leer un matasellos
explicando tu origen.
Ya no existía para ti,
pese a mandarte ondas
de fresa y caramelo.
Hoy estoy aturdido.
De golpe he visto tu voz,
escuchando las líneas de tu mano
y olido dos besos hasta pronto.
Mañana leerás esto
mujer interferencia,
imprevista y suave.
Igual que la tela de tu vestido
que se deshace en mis ojos
a fuerza de desear tocarlo.
Porque eres piel de flores estampadas
y tus piernas, tijeras de podar.
Un cubito de hielo,
en el lugar del monte, que la Diosa dio nombre,
dejando escapar gotas de corto recorrido.
Quisiera que mi boca
Supliera tu hendidura,
para, al menos, beberte.
Y así, saber de ti,
algo mas,
que el guiño picaresco
de un traje de verano.
Aunque, quizás, mañana
ya vueles a otra guerra,
dejando solo un rastro
de sombra y de pestañas.

 

                                                                   Madrid, 15 de Agosto de 2.006